martes, 26 de junio de 2012

Fuegos del solsticio estival




por James George Frazer
Capítulo 'Fuegos del solsticio estival' de su obra 'La rama dorada'.

La época del año en que estas fiestas de fuego se han celebrado más generalmente en Europa es el solsticio de verano, en la víspera (23 de junio) o el día del solsticio (24 de junio). Se le ha dado un ligero tinte de cristianismo llamándole día de San Juan Bautista, pero no puede dudarse de que esta celebración data de una época muy anterior al comienzo de nuestra era. El solsticio estival, o el día solsticio, es el gran momento del curso solar en el que, tras de ir subiendo día tras día por el cielo, el luminar se para y desde entonces retrocede sobre sus pasos en el camino celeste. Este momento no pudo menos de ser considerado con ansiedad por el hombre primitivo tan pronto como comenzó a observar y ponderar las carreras de las grandes luminarias por la bóveda celeste; teniendo todavía que aprender a darse cuenta de su impotencia ante los inmensos cambios cíclicos de la naturaleza, pudo soñar en ayudar al sol en su aparente decaimiento; que podría sostenerle en sus desfallecientes pasos y reencender la llama moribunda de la rojiza lámpara en sus manos débiles. 

Algo así debieron ser los pensamientos que quizá dieron origen a estos festivales solsticiales de nuestros campesinos europeos. Cualquiera que haya sido su origen, han prevalecido sobre esta cuarta parte del mundo, desde Irlanda al occidente, hasta Rusia al oriente y desde Noruega y Suecia al septentrión, hasta España y Grecia al mediodía. Según un escritor medieval, los tres grandes rasgos de  la celebración del solsticio estival fueron las hogueras, la procesión de antorchas por los campos y la costumbre de echar a rodar una rueda. Nos cuentan que los muchachos quemaban huesos y basuras de varias clases para hacer un humo hediondo y que el humo  ahuyentaba ciertos dragones perniciosos que en esta época del año, excitados por el calor del verano, copulaban en el aire y envenenaban los pozos y los ríos al caer en ellos su semen; también  explican la costumbre de rodar una rueda, para significar que el sol tras de alcanzar su altura máxima en la eclíptica empezaba a descender de allí en adelante.

Los rasgos principales del festival de fuego del solsticio estival recuerdan los que hemos encontrado que caracterizan los festivales vernales de fuego. La semejanza de estos dos grupos de ceremonias se muestra evidente en los siguientes ejemplos:

Un  escritor de la primera mitad del siglo XVI nos cuenta que en la mayoría de los pueblos y ciudades pequeñas de Alemania se encendían hogueras la víspera de San Juan y jóvenes y viejos de ambos sexos, reunidos a su alrededor, gastaban el tiempo cantando y bailando. En tales ocasiones, la gente llevaba guirnaldas de artemisa y verbena y miraban al fuego través de manojos de "espuelas de caballero" (una planta ranunculácea) que tenían en las manos en la creencia de que haciendo esto mantendrían durante todo el año sus ojos en saludable estado. Todo el que se marchaba, arrojaba la artemisa y la verbena al fuego diciendo: "Que toda la mala suerte me deje y se queme aquí con esto". 

En el Bajo Konz, pueblo situado sobre un collado que mira al río Mosela, el festival del solsticio de estío se celebraba como sigue: reunían una cantidad de paja en la cumbre del collado dc Strosnberg. Todos los habitantes o por lo menos todos las cabezas de familia tenían que contribuir con su parte de paja para la pira. Al anochecer, la población masculina entera, hombres y muchachos, se reunían en la cumbre del collado; a las mujeres y jovencitas no se les permitía reunirse allí con ellos, pero tenían que colocarse en cierto manantial a mitad del camino, en la cuesta. En la cima había una rueda grande completamente forrada de paja de la que se reunió por contribución entre el vecindario, y con el resto de la paja se hablan hecho antorchas. De cada lado de la rueda sobresalía como un metro de eje que serviría de mango a los muchachos que la guiarían en su descenso. El alcalde de la vecina ciudad de Sierck, que recibía siempre un cesto de cerezas por este servicio, daba la señal; aplicaban una antorcha encendida a la rueda, que empezaba a arder y dos mozos fuertes de brazo, y ligeros de pies cogían los dos extremos del eje y comenzaban a correr cuesta abajo. Se elevaba un gran griterío; todos los hombres y muchachos blandían al aire una antorcha llameante, teniendo cuidado de mantenerlas encendidas en tanto estuviera la rueda bajando la colina. El gran proyecto de los mozos que guiaban la rueda era llegar a sumergirla ardiendo en las aguas del Mosela; pero muy rara vez tenían éxito estos esfuerzos, porque los viñedos, que cubrían la mayor arte de la cuesta, impedían su marcha y el fuego de la rueda se apagaba antes de alcanzar el río. Cuando pasaba rodando por el manantial donde estaban las mujeres, gritaban éstas con alborozo y sus chillidos eran respondidos por los hombres desde la cumbre. La gritería de éstos era coreada por las gentes de las aldeas vecinas, que contemplaban el espectáculo desde sus alturas de la orilla opuesta del Mosela. Si la rueda llameante llegaba conducida con éxito a la orilla del río y su fuego se extinguía en el agua, la gente preveía una vendimia abundante aquel año y los habitantes de Konz tenían el derecho de exigir una carretada de vino blanco de las viñas de los contornos. Por el contrario, si dejaban de ejecutar la ceremonia, los rebaños serían atacados de "modorra" y de convulsiones y estarían inquietos en los establos.

Por lo menos hasta mediados del siglo pasado, los fuegos del solsticio estival solían brillar por toda la Alta Baviera. Los encendían especialmente en las montañas, pero también por todos lados en las tierras bajas, y se nos dice que, en la obscuridad y la calma de la noche, los grupos que iban de acá para allá, iluminados por los vacilantes resplandores de las llamas, presentaban un espectáculo impresionante. Los rebaños eran pasados a través de las llamas para curar a los animales enfermos y guardar a los sanos de la peste y de cualquier otro mal durante el año. Muchos labradores en ese día apagaban la lumbre de su hogar y lo volvían a encender por medio de tizones y brasas cogidos de la hoguera del solsticio de verano. La gente juzgaba de la altura a que crecería el lino aquel año por la altura a que se elevasen las llamas de la hoguera; y todo el que saltase por encima de la pira en llamas no padecería de los riñones cuando segase la mies en la recolección. En muchas partes de Baviera se creía que el lino crecería tan alto como saltasen los jóvenes sobre el fuego. En otros sitios, la gente madura plantaba los tizones de la pira en las tierras, creyendo que así crecería mucho el lino. En otros lugares ponían debajo del tejado de la casa un tizón apagado para protegerla contra el incendio. En los pueblos cercanos a Würzburgo solían encender hogueras en la plaza del mercado y la gente moza brincaba sobre ellas llevando guirnaldas de flores, especialmente de artemisas y verbena, y empuñando brotes de "espuelas de caballero"; creían que si miraban al fuego teniendo un ramillete de "espuelas de caballero" ante la cara no serían inquietados durante el año por ninguna enfermedad de la vista. Además, en Wurzburgo, en el siglo XVI, se acostumbraba que los familiares del obispo tirasen al aire discos de madera incendiados, desde una montaña que sobremira a la ciudad. Los discos eran lanzados por catapultas de varas flexibles y en su vuelo por la obscuridad parecían dragones llameantes.

Similarmente en Suabia, los jóvenes de ambos sexos agarrados de la mano saltaban sobre las hogueras del solsticio de estío, orando para que el cáñamo creciese (...) alto y prendían fuego a ruedas de paja que echaban a rodar cuesta abajo. Algunas veces, cuando saltaban sobre las hogueras solsticiales, gritaban: "¡Lino, Lino! Que crezca este año siete anas de alto"( las "anas" era una medida antigua muy poco usada).. En Rottenburgo, a una figura humana toscamente trabajada y llamada el hombre ángel, la envolvían en flores y la quemaban los muchachos en la lumbre del solsticio de verano, saltando después sobre los rescoldos.

También en Baden la chiquillería iba colectando combustible de casa en casa para la hoguera del solsticio el día de San Juan y muchachos y muchachas saltaban el fuego en parejas. Aquí, como en otras partes, existía una conexión estrecha entre estas hogueras y la recolección. En algunos lugares se pensaba que el que saltase las hogueras no padecería de dolor de riñones cuando segase. Otras veces, al saltar las llamas, los mozos gritaban: "Crece, que el cáñamo tenga tres anas de alto". Creemos que esta idea de que el cáñamo o la mies crecerá tan alto como las llamas, ha estado muy extendida en Baden. Se sostenía que los padres de los muchachos que saltasen más alto sobre el fuego tendrían las cosechas más abundantes y por el contrario, si alguno no contribuía para la hoguera, creían que no sería bendecido en sus cosechas y que, en particular, su cáñamo no crecería nunca. En Edersleben, cerca de Sangerhausen, plantaban un palo alto y dejaban colgando de él una cadena que llegaba hasta el suelo y de la que se enganchaba un barril de alquitrán. Prendían fuego al barril y le hacían girar alrededor del palo, entre gritos de alegría.

En Dinamarca y Noruega también encendían hogueras solsticiales la víspera de San Juan, en los caminos, espacios abiertos y montes. Muchos en Noruega pensaban que las hogueras alejaban las enfermedades del ganado. Todavía se dice que encienden hogueras la víspera del solsticio de verano en toda Noruega; las encienden con objeto de ahuyentar las brujas que vuelan esa noche desde todas partes al Blocksberg, donde vive la gran bruja. En Suecia, la víspera de San Juan (San Hans) es la noche más bulliciosa de todo el año. En algunas partes del país, especialmente en las provincias de Bohus y Escania y en los distritos fronterizos de Noruega, se celebra por todos lados con descargas frecuentes de las armas de fuego y con grandes hogueras, antiguamente denominadas Fuegos de huesos de Bálder (Balder’s Balar), encendidas en el crepúsculo vespertino sobre las alturas y colinas, las que arrojan destellos que iluminan el paisaje. El público baila a su alrededor y brinca por encima de las llamas o por entre ellas. En partes de Norrland encienden 125 hogueras en los cruces de los caminos la víspera de San Juan. El combustible consiste en nueve clases distintas de leña y los espectadores meten las llamas una especie de hongos venenosos (Baran) para contrarestar el poder de los Trolls y otros espíritus malignos que en esa noche se cree que pululan, pues en esta época mística del año las montañas se abren y de sus entrañas cavernosas salen sus pavorosos moradores a  bailotear y retozar un rato. Los campesinos creen que si hubiera algún Troll en las cercanías se dejaría ver y si algún animal, por ejemplo un macho cabrío o una cabra, es visto por casualidad cerca de las crepitantes llamaradas, los campesinos están firmemente persuadidos de que no es otro que el diablo en persona. Además merece anotarse que en Suecia la víspera de San Juan es un festival tanto de agua como de fuego, pues a ciertos manantiales santos se les supone en esos momentos dotados de maravillosas virtudes medicinales y mucha gente enferma acude a ellos para curar sus achaques.

En Austria, las costumbres y supersticiones del solsticio de verano son parecidas a las de Alemania. Así, en algunas partes del Tirol encienden hogueras y arrojan al aire discos encendidos. En la parte baja del valle de Inn, llevan en un carro una efigie zarrapastrosa por todo el pueblo el día del solsticio y después la queman. Le llaman el Lotter, palabra que es una corrupción de Lutero. En Ambras, uno de los pueblos donde así queman en efigie a Martín Lutero, dicen que el que pasee por el pueblo entre once y doce de la noche de San Juan y se lave en tres fuentes o pozos distintos, verá a todos los que van a morir en el año siguiente. En Gratz, el día de la víspera de San Juan (23 de junio) el populacho acostumbraba a fabricar un muñeco llamado el Tatermann, que arrastraban por el sucio polvoriento y golpeaban con escobones ardiendo hasta que le prendían fuego. En Reutte, Tirol, la gente creía que el lino crecería tan alto como la altura a que brincasen sobre la hoguera solsticial y cogían después los tizones de madera ennegrecida y  los clavaban en sus linares la misma noche, dejándolos allí hasta que se había hecho la recolección del lino. En la Baja Austria encienden hogueras en los sitios altos y los muchachos hacen cabriolas alrededor blandiendo antorchas encendidas empapadas de resma. Todo el que salte tres veces cruzando el fuego, se librará de padecer fiebres en todo el año. Con frecuencia embadurnaban ruedas de carro con brea, las encendían y las echaban a rodar llameando ladera abajo desde las cumbres de las lomas.


domingo, 24 de junio de 2012

Alban Heruin




El año céltico se divide en dos partes de seis meses, que respectivamente se relacionan con las creencias sobre los dos mundos, el mundo de la Luz y el mundo de las Sombras (Samos y Giamos). Estas mitades a su vez están divididas en semi-estaciones de 45 días. Y aunque el calendario celta gira en torno a cuatro grandes fiestas: Imbolc, Samhain, Beltane y Lughnasadh, que señalan las 4 estaciones de 3 meses, hay otras fiestas menores, que se han hecho coincidir en el transcurso de los tiempos con el santoral cristiano. Este es el caso de la celebración del solsticio de verano, o lo que es lo mismo, la del 24 de junio, la Noche de San Juan, el Alban Heruin.

Alban Heruin (luz de la ribera, orilla o litoral), Coamhain, Mediosaminos, Là Fhéile Eoin, An Fhéill-Eoin, Gwyl Ifan, Golowan, incluso Randaghadh (que es un término de origen rúnico que también significa mitad del verano), son nombres que recibe la festividad en distintos países celtas, pero para los druidas conserva el genérico nombre de Alban Heruin. No existe ninguna certeza sobre una concreta celebración celta para la festividad del solsticio de verano, pero igual que ocurre con los otros solsticios, bien a consecuencias de influencias germánicas, bien a consecuencias de influjos cristianos, la festividad hoy por hoy se halla bien asentada en todo ámbito céltico, aunque los seguidores druídicos actuales insisten en festejarla en la fecha astronómica exacta, el 21 de junio del calendario gregoriano, no el 24 de junio como viene siendo habitual.

Muchos investigadores cuentan que Coamhain era la fiesta más importante de los celtas y también la de más derroche, puesto que se festejaba en una época de abundancia. Ya la diosa Madre, en su apariencia de Reina de la Abundancia, se encuentra simbólicamente embarazada de una exuberante cosecha, mientras que el dios Bel o Belenos, su esposo y fecundador, está en el ápice de su virilidad y se muestra en el aspecto de Sol Supremo. 

Esta fiesta se celebra en uno de los dos momentos del ciclo de la Rueda Anual en que la distancia angular del Sol al Ecuador celeste de la Tierra es máxima. Es el solsticio de verano, el día más largo, donde el poder de las Sombras tiene el reinado más corto. Es el punto álgido de Samos, el triunfo de la Luz y de su energía.


Una faceta importante del solsticio de verano en diversas comunidades celtas de antaño e incluso actuales, es la construcción de fogatas circulares en algún punto que tuviera alguna importancia ritual, como un pozo sagrado, un cruce de caminos... La fogata se encendía en el justo momento del ocaso y se la bendecía para consagrar sus poderes en la protección de los cultivos que estaban creciendo. Hoy en día se sigue popularmente el ritual, pero desgraciadamente la mayoría de personas desconocen su significado. 


Para estas fogatas se designaba a un miembro de la comunidad para que vigilara su construcción; esta persona a su vez también recitaba invocaciones y plegarias sobre las llamas con el fin de que no decrecieran en intensidad y para conseguir que la influencia del mágico fuego sextendiera su ámbito hasta los campos cercanos, donde los cultivos esperaban para crecer satisfactoriamente en bien de la comunidad. Con tal fin se prendían antorchas y teas de la propia fogata y los más atrevidos jugaban con el fuego, lanzándolas por el aire, corriendo con ellas campo a través e incluso haciendo procesiones con antorchas encendidas y encendiendo ruedas y lanzándolas por pendientes. Estos rituales han persistido hasta nuestros días, si bien los fuegos de artificio en muchos lugares de Europa han suplantado en parte a los antiguos rituales.  


Conforme la fiesta iba progresando y las llamas de las fogatas iban decreciendo en intensidad, las gentes saltaban por encima del fuego, como un ritual más de buscar la bendición de las llamas y su poder para sí mismos.

En la actualidad, seguimos celebrando el solsticio con fogatas, igual que antaño, siendo éstas la atracción y el ritual central de la fiesta. Cuando las llamas crepitan y absorben nuestra atención con su mágica danza, es el momento de meditar en los aspectos más benéficos de la energía del fuego y sobre este día de máxima influencia solar. 


Podemos incluso encender nuestra propia tea; podemos bailar alrededor de la hoguera acercándonos tanto al fuego como nos lo permita nuestra piel, para recibir el calor mágico del fuego en esta noche ancestral. Una vez que la hoguera se haya extinguido y sólo resten brasas y cenizas aún ardientes, es el adecuado momento de saltar por encima para recibir la última bendición, incluso este salto ritual podemos hacerlo con nuestra pareja. 

Cualquier sustancia u objeto recogido durante esta noche adquiere prodigiosas virtudes. Especialmente plantas y flores, junto con el hecho de que antaño las cultivaran exclusivamente mujeres, evocan fácilmente la presencia de una tradición femenina de culto a la Madre Tierra.  

Otra costumbre menos tardía, que dio a esta fiesta el apelativo de "verbena" que todavía se conserva, era la practicada en algunos lugares por las mozas casaderas, que iban a recoger  la planta verbena a las doce de la noche en la víspera de San Juan, creyendo que con ello conseguirían el amor del deseado por su corazón. Igualmente existían numerosos ritos y filtros de amor en torno a dicha planta. La pareja que saltaba unida la hoguera se decía que conseguiría así felicidad y buena fortuna. Las mozas arrojaban guirnaldas trenzadas por ellas a sus amados a través de las llamas y ellos debían cogerlas antes de que cayesen al fuego.  

Pero la noche solsticial no se limita únicamente a la fiesta del fuego y sus poderes. El culto a las aguas tiene en esta noche uno de sus puntos más brillantes. Las aguas del mar, del río, del lago, de una fuente, incluso el rocío de los campos, tienen sus virtudes especiales, de las que no disfrutan el resto del año. Y como acto final del ritual, se puede acudir al monte o a la playa más cercana para ver “danzar el sol” cuando se nos presente en su amanecer. Será el momento de darle nuestra más cordial bienvenida al Sol, en su día más enérgico y amplio.

tomado de La Gata y el Buho

jueves, 21 de junio de 2012

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