miércoles, 3 de febrero de 2010

Una obra de teatro muy recomendable


El Método Gronholm fue, inicialmente, una obra teatral escrita para el circuito catalán, escrita por Jordi Galcerán. Posteriormente, la obra fue adaptada al castellano, y tuvo gran éxito tanto en España (interpretada por Cristina Marcos, Carlos Hipólito, Jorge Roelas y Jorge Bosch) como en Argentina (donde actúan Alejandra Flechner, Gabriel Goity, Martín Seefeld y Jorge Suarez). También ha sido representada en Portugal. Ahora, tras ser adaptado su guión por el propio autor, se convierte en una película dirigida por Marcelo Piñeyro y protagonizada entre otros por Carmelo Gómez, Natalia Verbeke, Eduardo Noriega, Eduard Fernández, Najwa Nimri, Ernesto Alterio, Adriana Ozores y Pablo Echarri.

El argumento de la obra es sencillo: cuatro candidatos se enfrentan a un proceso de selección para una multinacional. Pero no se trata de un proceso de selección al uso, sino que se sigue un método concreto, el método Gronholm. A través de las distintas pruebas eliminatorias, los implicados van descubriendo sus caracteres (tan distintos) y van reflexionando sobre el propio sistema de selección y sobre algunas particularidades de nuestro sistema empresarial y laboral: la participación de la mujer, la compatibilidad de la vida profesional y personal, los estilos directivos, la coherencia de la carrera profesional...

Todas las pruebas a las que son sometidos los aspirantes, por increíble que parezca, están inspiradas en técnicas reales de selección de personal, documentadas de los sesudos volúmenes escritos por especialistas del tema. Lo único que hace la obra es llevarlas hasta el extremo sin ocultar la comicidad que llevan implícita.

La idea de la obra nace de una anécdota real.

En una papelera de Barcelona se encontraron una serie de documentos en los que un empleado del departamento de personal de una cadena de supermercados había anotado sus impresiones sobre las posibles candidatas a un puesto de cajera. Los comentarios estaban llenos de frases machistas, xenófobas y crueles del tipo “gorda, tetuda...”, “moraca, no sabe ni dar la mano...”, “voz de pito, parece idiota...”, etc. Aquel empleado, escudado en la sagrada misión que le había sido encomendada, se creía con derecho a emitir y poner por escrito aquellas sandeces sobre una serie de personas a las que no conocía de nada. El hecho de tener el poder para otorgarles o no un trabajo le legitimaba para ser cruel, implacable. Imaginé a esas pobres chicas intentando dar una buena imagen de si mismas, una imagen empresarialmente correcta, intentando hacer lo que creían que se esperaba de ellas, dispuestas a soportar incluso pequeñas humillaciones para conseguir ese trabajo que necesitaban.

Eso es lo que hacen, llevándolo hasta el extremo, los personajes de El método Grönholm, porque no importa quiénes somos ni cómo somos, sino lo que aparentamos ser. Nuestra auténtica identidad no le importa a nadie, ni a nosotros mismos.

De estos pequeños efectos colaterales del capitalismo es de lo que habla esta comedia. Alterna momentos verdaderamente divertidos con otros más dramáticos y, en cualquiera de ellos, mueve a la reflexión.

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